lunes, 12 de diciembre de 2011

100 maneras y 1/2 de romperme el corazón (3)



Me levanto esta mañana y se me han acabado los besos. Me acerco a su mejilla, aprieto los labios y sale una pedorreta. No le he dado importancia, estoy medio dormido, mi cerebro todavía no está solido, necesita unos segundos para regresar del estado líquido normal de los ratos de sueños. He estrellado sin querer otro par de pedorretas, en los labios y en la mejilla, para darme cuenta de que algo pasaba. Ella ha seguido dormida. Me acordaba de como dar un beso, de todos y cada uno de los pasos necesarios. Un beso es tocar u oprimir con un movimiento de labios, a impulso del amor, del deseo o en señal de amistad, a otra persona. Examino si me falta algo de todo eso.
El amor está ahí. Y recuerdo su boca,  levanto las sábanas y reafirmo que el deseo también; oprimo los labios y otra vez vibran sin llegar a beso.
Se me han acabado. Una excusa para romperme el corazón.
Me visto sin ruido y voy a la obra más cercana. Un parking de -4 plantas, por esas cosas de la crisis y de la burbuja inmobiliaria, a medio construir y con una apisonadora oxidada. Las llaves están puestas, dejo mi corazón en el suelo y pongo la apisonadora en marcha. Y me siento como Atila, o como Aníbal. Me siento vivo y algo alegre y oprimo los labios para comprobar si me han vuelto los besos.  

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