Me
levanto esta mañana y se me han acabado los
besos. Me acerco a su mejilla, aprieto los labios y sale una pedorreta. No le
he dado importancia, estoy medio dormido, mi cerebro todavía no está solido, necesita unos
segundos para regresar del estado líquido normal de los ratos de
sueños. He estrellado sin querer otro par de
pedorretas, en los labios y en la mejilla, para darme cuenta de que algo
pasaba. Ella ha seguido dormida. Me acordaba de como dar un beso, de todos y
cada uno de los pasos necesarios. Un beso es tocar u oprimir con un movimiento
de labios, a impulso del amor, del deseo o en señal
de amistad, a otra persona. Examino si me falta algo de todo eso.
El amor
está ahí. Y recuerdo su boca,
levanto las sábanas y reafirmo que el deseo
también; oprimo los labios y otra
vez vibran sin llegar a beso.
Se me han
acabado. Una excusa para romperme el corazón.
Me visto
sin ruido y voy a la obra más cercana. Un parking de -4
plantas, por esas cosas de la crisis y de la burbuja inmobiliaria, a medio
construir y con una apisonadora oxidada. Las llaves están puestas, dejo mi corazón
en el suelo y pongo la apisonadora en marcha. Y me siento como Atila, o como Aníbal. Me siento vivo y algo alegre y oprimo los labios para
comprobar si me han vuelto los besos.

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